
“Me gustaría que me recordaran como una persona o un luchador que me entregué mucho a este deporte. Quise mucho la lucha libre y la sigo queriendo y la sigo respetando”.
Con estas palabras, Francisco Javier López Muñoz, conocido en el mundo del pancracio como Zar Rojo, resume una vida dedicada al deporte que lo llevó a compartir el cuadrilátero con algunas de las figuras más reconocidas de la lucha libre mexicana.
El origen del legado
Mucho antes de convertirse en luchador profesional, Francisco Javier descubrió la lucha libre de una manera poco convencional. Tenía aproximadamente 13 o 14 años cuando comenzó a frecuentar el taller de unos amigos carpinteros, quienes decoraban sus paredes con recortes de revistas de lucha libre.
Entre aquellas imágenes aparecían figuras como El Santo y Rayo de Jalisco. Sin embargo, fue un improvisado espacio de entrenamiento, construido sobre la tierra y el aserrín, lo que despertó su curiosidad.
“Y ahí me nació el gusto. Pero yo no había visto yo una función de lucha libre”.
Posteriormente, sus amigos lo llevaron a presenciar funciones en la Arena Coliseo, donde pudo observar a los ídolos que hasta entonces solamente conocía por fotografías.
El maestro que dudó de su futuro
Bajo las enseñanzas de Julio Mejía, reconocido entrenador de Matamoros, comenzó su preparación formal. No obstante, su camino estuvo acompañado de constantes lesiones que hicieron dudar incluso a su propio maestro.
“Él pensó que yo nunca me iba a lograr como luchador. No porque fuera malo, sino porque seguido me lastimaba”.
La disciplina y la perseverancia terminaron imponiéndose sobre aquellos pronósticos.
El nacimiento de Zar Rojo
El nombre de Zar Rojo surgió durante una conversación entre su entrenador y el promotor que preparaba su presentación. La primera propuesta fue Invierno Rojo, pero resultaba demasiado extensa.
Fue entonces cuando apareció el nombre que lo acompañaría durante su carrera.
“Me dijó Invierno Rojo esta muy largo, otro mas cortito, y yo ya lo traia dije ¡Zar Rojo! Y Julio dijo pues si esta bien, se queda” , relata con entusiasmo.
“Se siente muy bonito traer un nombre de luchador y ser luchador. Pero sobre todo que tengas un amor a la lucha libre”, agregó.
Después nos cuenta que su nombre era sinónimo del comunismo y de la rebeldía, es por ello que le agradó mucho el color rojo por la extinta URSS.
“Yo fui rudo casi siempre. ¿Por qué rudo? Porque siempre me gustó más sacar la verdadera personalidad que tiene uno”.

Una carrera junto a los grandes
A lo largo de su carrera, Zar Rojo compartió el cuadrilátero con personajes que marcaron distintas épocas de la lucha libre mexicana.
“Si te dijera, mejor pregúntame con quién no luché. El Santo, Blue Demon, Mil Máscaras, Dr. Wagner, Ángel Blanco, Ray Mendoza, Mano Negra y Los Villanos, entre otros.”, recuerda emocionado.
Una de las figuras que tiene en su memoria con especial admiración es El Perro Aguayo, por su carisma y conexión con el público.
La máscara perdida
Durante sus primeros años, Zar Rojo procuraba mantener en secreto su identidad. Incluso acostumbraba estacionarse lejos de las arenas para llegar con la máscara puesta.
Sin embargo, llegó el momento en que tuvo que presentarse ante el público sin ella.
“Sí, a un principio sí me sentía raro. Me sentía raro el no tener la cara tapada o la usar máscara. Yo respetaba mucho la mascara pero después de mi derrota en Reynosa con el solitario decidí dejarla”, expresó.
Con el paso del tiempo, aquella pérdida también significó una nueva manera de relacionarse con los aficionados, quienes comenzaron a reconocerlo fuera del cuadrilátero.
Su encuentro con El Santo y Blue Demon
Zar Rojo también recuerda su participación en la película Misterio en las Bermudas, una experiencia que le permitió convivir con El Santo y Blue Demon fuera de sus personajes.

“La oportunidad surgió a través de Tarzán Moreno, quien me comentó que se realizaría una producción cinematográfica en la región”, comentó.
“Imagínate el gusto de conocerlos sin máscara cuando anduve en la película con ellos”, agregó.

Las heridas que dejó el cuadrilátero
Zar Rojo recuerda lesiones en distintas partes del cuerpo, accidentes durante las funciones y ocasiones en las que continuó luchando pese al dolor.
Entre sus recuerdos aparecen caídas contra bancas de madera, heridas graves y repetidas dislocaciones de un brazo.
“Este brazo se me zafó como unas 14 o 16 veces arriba del ring luchando”.
A pesar de las consecuencias físicas, la pasión por el deporte lo impulsaba a continuar.
“Era una pasión, era un vicio. Nunca suspendí la lucha yo seguía con el brazo en rastra, hasta que ya dije ya me voy de la lucha, es más el dolor que siento que la satisfacción de luchar”, expresa con nostalgia.

El retiro
Después de tantos años en el cuadrilátero, las lesiones terminaron cobrando factura. Para Zar Rojo, lo más difícil no fue solamente dejar de luchar, sino aceptar que había perdido las facultades físicas que alguna vez tuvo.
Incluso reconoce que actualmente evita asistir con frecuencia a las funciones, pues observar a otros luchadores le genera preocupación ante la posibilidad de que sufran accidentes.
“Me dolió perder las facultades que tenía o las lastimadas que tuve. Lo que perdí a causa de las lastimadas y retirarme de la lucha”.
Si volviera a nacer, volvería a luchar
A pesar de las lesiones, los sacrificios y las consecuencias físicas, Zar Rojo no reniega del camino que eligió.
Cuando se le pregunta si valió la pena todo lo vivido, su respuesta es contundente:
“Sí, sí, sí valió y lo volvería a hacer”.
El veterano luchador también dedica palabras de agradecimiento al público de Matamoros y recuerda con afecto a los compañeros que ya fallecieron.
“Nada más decirle al publico de Matamoros que muchas gracias por haber ido a las luchas cuando estuve activo y también ver a mis compañeros que algunos que en paz descansen, yo los recuerdo con mucho afecto, porque también se entregaron y entregaron parte de su vida como la entregué yo”, concluyó visiblemente conmovido.
Y quizá sea esa la mejor manera de comprender su historia: la de un hombre que encontró en la lucha libre mucho más que una profesión. Don Javier vivió su carrera con pasión y, sin duda, merece mayor reconocimiento. Sus vivencias nos demuestran que su legado será eterno.







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